lunes, 14 de abril de 2008

A la entrada del Museo del Quai D'Orsay, en Paris, están sentadas estas señoritas, muy puestas en el rol, mirando hacia el infinito. Pareciera que fuesen de bronce, pero no estoy convencido, porque una noche que pasé por ahí no estaban. Se lo dije a los amigos con que iba, era casi la aurora, pero ninguno se encontraba verdaderamente en situación de contestar algo coherente. Al otro día me fui derecho a ver si estaban, y estaban ahí de nuevo, oteando el horizonte como si Paris fuese a quedar incluso después de la implosión del Universo.
La de la izquierda, en primer plano, pestañea si uno se la queda mirando fijo. Hay otra a la cual se le mueve la cimera si uno le dice algo soez al oído. Es la tercera de izquierda a derecha. La última es impertérrita: hágase lo que se le haga, no es posible arrancarle ni un solo gesto. Hay otra que responde con un suspiro, pero, como decía García Lorca en el Romancero Gitano, por hombría no puedo decir su nombre. En fin: parecen de bronce pero en realidad están hechas de suspiros.
El museo también vale la pena.

3 comentarios:

El Instigador dijo...

Llegué a este sitio sin saber muy bien cómo, pero me gustó mucho lo que vi. Seré como el cartero que viene algunos días.

caramelo dijo...

me gustó mucho ese museo, en su conjunto; la edificación, la transformación interior, ese sutil buen gusto y la idea de la que debió ser una bella estación; y obvio, la gran colección que exhibe y también el caballo de bronce de afuera (me acuerdo más que de las señoritas desnudas). Y todavía siento pena por unas fotos que tomé a través del reloj mirando al Sena (que las deben hacer todos), nunca supe como se perdieron...

saludos,

caramelo dijo...

Y respecto de tus palabras, dejé una respuesta por allá...