miércoles, 23 de abril de 2008

Internos.

Le hago un seminario a los internos de medicina. Nos reímos con el candor de algunos, la obsesividad de otros, y yo me sonrío calidamente y para mís adentros con la inocencia con que van por la vida, buenos muchachos, inteligentes, agradables, que se ve que aún no dan pasos desprotegidos por la dura y a la vez interesante realidad.
Me entero de que el litio siempre produce nefritis intersticial, que en la mayoría de los casos es irreversible, y casi me da un patatús. A Pasteur le llegó una carta de un ginecólogo ruso en la que éste le decía que se había sorprendido mucho con sus hallazgos sobre las bacterias pero que se había sentido muy culpable cuando supo de las consecuencias que tenía no lavarse las manos apropiadamente antes de operar. Sentía que había hecho mucho daño con eso, con las infecciones y las muertes que había provocado. Cuando usted reciba esta carta, Sr. Pasteur, yo habré muerto por suicidio porque no puedo tolerar la culpa.
Los muchachos necesitan verse en alguien sólido y seguro. Así van armando su propio cuento y pueden salir armados y útiles a la realidad. Por eso hay que ocultarles las sonrisas por el candor, las cartas a Pasteur, y la sensación inquietante que produce el enterarse todo el tiempo que uno apenas sabe casi nada. Por eso quizás es que me gusta caminar en la noche. Porque es inquietante, porque no hay que experimentarse sólido y seguro, y porque de vez en cuando y como que no quiere la cosa, se ve pasar la sombra de un tipo igual a Pasteur en cuyos ojos se puede ver la sorpresa que producen los fieros destellos de la inquietante realidad.

4 comentarios:

Xi dijo...

Holis.

Y sí. Será por eso que sospecho de la inocencia. Y me asumo siempre culpable.

Necesito pedirte ayuda. No médica (por ahora). Literaria. Tengo un proyecto de libro, pero necesito apoyo documental, es decir, que el cuento sea creíble en términos mentales. Pensé en ti. Claro, puedes decir que no. Pero si puedes, qué feliz.

¿Qué dices? [xjara@uc.cl]

Dale, di que sí.

Gracias, abrazos cronopios.

- Polillita dijo...

Jajaja te habrias muerto de la risa como mi profe. Que habrias pensado de esta alumna, bien ñoña sentada en la segunda fila, con cara de esponja tratando absorber hasta el ultimo conocimiento del profe como si en eso se jugara la vida? Seguro te habria agotado ver como apenas anotaba un par de frases y el resto lo iba enlazando a otros datos en mi mente mientras miraba al profe con los ojos redondos y cara de asombro.

Claudia Canifru dijo...

Me pasa lo mismo con la noche y el atardecer: como que revivo, recién comienza el día.

Qué distinta la vida desde mi punto de vista, que no quiere nada con la inquietante realidad.

Me encantó esta reflexión.

caramelo dijo...

se me ocurre que ese candor y la inocencia (esa que no cae en ingenuidad) deberían estar presente como armas de ternura frente al enfermo; por un lado el médico que hace un diagnóstico preciso y trata de igual forma la enfermedad, pero por otro el que se preocupa y conmueve con el ser humano que tiene al frente, que es capaz de escuchar (a veces un enfermo necesita más ser escuchado que prescrito) en esos pocos minutos lo que a su paciente le preocupa y puede darle una palabra de aliento, por simple que ella sea.

saludos,