lunes, 9 de julio de 2007

Este es uno de los cortos capítulos de "La Embriaguez", la novelita que va creciendo lentamente. Es de por ahí por Diciembre 2006.





V.-

Ana ha amanecido acongojada, en un estado anímico en el cual se mezclan una vaga desesperanza y una ligera sensación de vacío. Le ocurre cada cierto tiempo, sin ritmo alguno y sin que ella pueda aclararse los posibles orígenes de tales sentimientos. En otros períodos Ana ha ocupado ese temple para pasear a solas por lugares que le traen gratos recuerdos. De ese modo, los recuerdos adquieren un tono nostálgico que a Ana le agrada y con el cual juega. Una vez escuchó una palabra que le pareció que de alguna manera podía conectarse con ese temple, la palabra “saudade”, del portugués brasileño, que se refiere a la melancolía de los recuerdos dulces. Ana tiñe con la dulce melancolía algunos recuerdos muy particulares y de ese modo colorea su memoria como el pintor colorea el cuadro. Ana tiene una aguda certidumbre respecto de que el tono de los recuerdos es, a fin de cuentas, el tono de la identidad personal. Con éste método Ana decide libremente el tono de su identidad y por tanto el tono de su existencia.
Darío se ha sorprendido con este procedimiento. En primer lugar, le ha preguntado a Ana por qué ha escogido el tono de “saudade” para algunos de sus recuerdos, y qué recuerdos escoge para teñirlos con ese exquisito sentimiento. Se le ocurre preguntar, pero no lo hace, qué color toman los recuerdos que no son repasados en los días de congoja por Ana, y también si hay otros momentos con otros temples en los cuales otros recuerdos son coloreados, o cuántos recuerdos quedan librados exclusivamente al capricho del azar para su tinción. Pero le parece que tales preguntas debieran callarse, por un asunto a medias de unción y a medias de pudor.
Sin embargo, Ana está distinta. Ahora no le interesa teñir de “saudade” algunos recuerdos en los días de la congoja cuyo origen es indeterminado. Por alguna razón que desconoce, ahora necesita que Darío se sienta entre esos recuerdos como en el ojo de un huracán. Desea que Darío sienta flamear esos recuerdos al lado de sus oídos con el sonido de gualdrapas y pendones batidos por el turbulento viento sur que azota los archipiélagos de la Tierra del Fuego. Siente la necesidad de que Darío experimente una cierta angustia con el batir huracanado de esos recuerdos. Solo así siente que puede expurgar ciertos fantasmas agazapados en esos recuerdos, ciertos temores antiguos instalados allí quizás antes de que apareciese en ella la conciencia.








Atrás, Brooklyn Bridge, Manhattan, La Gran Gran Gran Manzana.



2 comentarios:

luciérnaga dijo...

Acuérdese que yo me suscribí
para la primera edición.
Saludos y un abrazo.

L.

Bichito de luz dijo...

Teñir los recuerdo?, buena opción.

Mis recuerdos tienen aromas.

Amena narrativa, espero pronto se concrete la novela.


Saludos bichosos.