sábado, 19 de mayo de 2007

Estoy en San Diego, USA. Acompañado por una corte de amigos, bellos amigos. Divertidos, inteligentes, esmirriados, parecen una compañía de payasos que deseara beber el gusto de vivir hasta el extremo.
Pasé por aquí hace 11 años. Andaba solo. Paseé por parques y céspedes disfrutando la soledad, que es una estupenda compañera cuando uno va en serio hacia alguna parte. Pasé horas viendo las ardillas silvestres corriendo entre un árbol y otro, bajo un puente inmenso. El mar. Las larguísimas avenidas y la interminable marina de San Diego. Me acompañaba la soledad. Machado decía que quien se habla a sí mismo espera hablar a Dios un día.
Ha pasado el tiempo. Mi vida se ha ido poblando, quizás en exceso. Mi vieja compañera, la soledad, sonríe desde un escaño esperandome, sabiendo que voy a volver. Paseo por las calles de San Diego, vocingleras y abigarradas disfrutando de los amigos y viendo por el rabillo del ojo a la soledad, la sonriente y bella compañera que espera por mí en un recodo del camino.